Dice una antigua leyenda India, que hubo un tiempo en el que todos los seres que habitaban la tierra eran dioses. Pero el hombre, que a la sazón poseía todos los atributos de la deidad, no hacía más que mal uso de toda esta sabiduría y poder.

  Entonces Brahma, el dios supremo, reunió a todos los dioses menores para esconder todos estos atributos, que tanto habían corrompido al hombre, a la espera de nuevos tiempos en los que hicieran buen uso de ellos. Cuando planteó a dichos dioses “¿Dónde encontrar un lugar en el que albergar la divinidad para que el hombre no la encuentre?”, no tuvieron unidad de criterio. Unos dijeron “en lo alto de la montaña más inaccesible del mundo” Pero Brahma contestó: “No, el hombre escalará la montaña más alta e inaccesible del mundo y la encontrará”. Otros dioses menores concluyeron: “En el abismo más profundo del océano, allí el hombre no la encontrará”. Tampoco, espetó Brahma, “El hombre aprenderá a sumergirse hasta la sima más profunda del océano y la encontrará”. “Esconderemos la divinidad del hombre en el pozo más profundo de la tierra y lo taparemos” propusieron otros dioses. “De nada servirá”, dijo Brahma, “El hombre cavará lo que sea necesario y acabará encontrando los secretos ocultos. Absolutamente desconcertados, todos los dioses miraron a Brahma, interpelando con su rostro cual sería el lugar idóneo. “Esconderemos los secretos de la divinidad”, contestó a los atribulados dioses, “en el interior del hombre, es el único lugar donde no se le ocurrirá mirar”.

 Todos tenemos en nuestro interior algo de divino. Todas las respuestas a nuestros dilemas habitan, desde tiempos ancestrales, en nuestro interior. No olvidemos que el hombre hizo a dios a su imagen y semejanza.

Todas las respuestas que necesitamos para cambiar, para mejorar las tenemos en nuestro interior. Lo único que necesitamos es aprender a escucharnos adecuadamente. Los compromisos a los que nos sometemos cada fin de año son gran parte de esa sabiduría. Lo que sucede es que hábitos nocivos para nuestro cerebro llevan a generar filtros que lastran y deforman los mensajes que constantemente la parte no consciente de nuestro cerebro nos lanza. Todos sabemos lo que tenemos que hacer para mejorar nuestro estado físico y mental.

Te conviertes en lo que le haces a tu cerebro, si le conviertes en un adicto a la nicotina te la pedirá. Con tu consciente puedes generar hábitos sanos que conforman un cerebro sano. Aprender a escucharlo es parte de este libro, ya que aprenderemos a como configurar rutinas y hábitos sanos que permitan QUE LOS PROCESOS INCONSCIENTES de nuestro cerebro nos regalen nuevas ideas y proyectos.

Saber escuchar a nuestro cerebro es muy importante. Un cerebro construido en la positividad generará nuevos y reforzados caminos neuronales que reforzarán esa positividad. Muchas veces hemos escuchado a algún amigo o ser querido que está mal, que no se encuentra bien. Tampoco hay un motivo concreto o si lo hay, no es algo demasiado importante lo que le produce ese apesadumbramiento. El instalarse en estas ideas negativas, además de no servir para solventar el problema, no hace más que reforzar en nuestro cerebro caminos de negatividad. Un cerebro entrenado en “pasarlo mal” filtrará todo tipo de sucesos negativizándolos. Los cerebros tristes no nacen, en su gran mayoría, se hacen.

   La neurociencia ha sufrido un cambio muy importante en los últimos años. Si el siglo XX se puede considerar como el siglo de la genética y la epigenética, más adelante daré una explicación para quien desconozca este término, el siglo XXI está siendo sin duda, el de la neurociencia. La aplicación de métodos de reconocimiento a través de la imagen de los procesos neuronales está creando una auténtica revolución en el conocimiento del cerebro.

 Prometí explicar el término epigenética: La palabra fue acuñada por Conrad Hal Waddington en el año  1942 cuando interpretaba el estudio de las interacciones entre genes y ambiente que se producen en los organismos vivos. Conrad fue un brillante biólogo, genetista, filósofo y paleontólogo escocés, que vivió entre los años 1905 y 1975. Básicamente es la capacidad que tiene nuestro organismo para modificar con nuestros hábitos y comportamiento la carga genética que somos capaces de transmitir. Hasta hace un par de décadas la transmisión genética era casi mendeliana, una ciencia de probabilidades en la que en cierto modo aleatorio sales al mundo con unas capacidades determinadas. Era una especie de eugenesia moderna. No es así, en realidad si nos esforzamos en un campo determinado nuestros genes se modifican y no solo se comportaran como si hubieras heredado esa capacidad, sino que tendremos esa capacidad y podremos transmitirla a nuestros sucesores.

  Durante el siglo XX la ciencia se había instalado en la creencia de que nacemos con un número determinado de neuronas y que a lo largo de nuestra vida las vamos perdiendo a razón de 10.000 diarias, y que este proceso es irreversible. Son del tipo de creencias que anidan en una sociedad que parece indemne a los avances realizados por anónimos y esforzados científicos. Aseguro que no hace mucho un amigo en una tertulia defendía con toda la vehemencia de la que era posible, que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro.

Toda esta controversia se producía  al comentar la olvidable “LUCY”, película perpetrada por el director y productor francés Luc Besson. Esa es la premisa  con la que el realizador nos regala una historia en la que una inocente muchacha, Scarlet Johansson en un papel meramente alimenticio, ve incrementadas sus facultades cerebrales hasta alcanzar el 100% de su uso. Sería cuestionable si de lo que hablamos es de cómo sacarle partido a nuestro cerebro, pero en cuanto al aspecto funcional, este está siempre a su ciento por ciento.

 El funcionamiento  de nuestro cerebro no es discreto y perfectamente localizable en cada una de sus funciones. Se parece más a una holografía, donde diversas partes comparten sus procedimiento. Podría asemejarse a un ordenador pendiente de refragmentar su disco duro, ya que si una zona es dañada es más que probable que otra regenerará sus caminos neuronales para suplir esa función. No es objetivo de este libro analizar con profusión estos procesos, pero si que se hace imprescindible entender, cuanto menos, el concepto de la complejidad y plasticidad con la que está dotado nuestro cerebro.

 Posteriormente los estudiosos del tema se dieron cuenta que es más importante el número de conexiones entre ellas, axones, que la cantidad. Pero mayor número de neuronas, supuestamente, mayor inteligencia.

Theodor Ludwig Wilhelm Bischoff  nacido el 28 de octubre de 1807 fue un biólogo y anatomista alemán. Vio la primera luz en Hanover (Alemania), sus estudios  se centraron en la embriología. Fue profesor de anatomía en la Universidad de Heidelberg. En 1868 fue nombrado miembro de la Royal Society, la sociedad científica más prestigiosa y decana del Reino Unido.

  Mantenía, la dudosa hipótesis,  que dado que el cerebro de la mujer pesaba menos que el del hombre, justificaría que fuera un ser inferior en la escala evolutiva del ser humano.  Esta afirmación estaba basada en la experiencia acumulada coleccionando y midiendo una amplia muestra de cerebros masculinos y femeninos, que atesoraba en el museo de la universidad en la que ejercía su docencia. La conclusión era que el cerebro del hombre pesaba un promedio de 1,25  kg y el de la mujer 1,15 kg. Esa pequeña diferencia, que parece ser bastante aproximada a la realidad, era suficiente para avalar dicha superioridad.

Lo divertido es, que el mismo, al morir, donó su cerebro para incrementar su colección. A su muerte, en 1882, se comprobó que su privilegiado cerebro pesaba algo menos de la media que el cerebro de las denostadas mujeres. Unos 150 gramos menos que los 1,25 kg del hombre. Con sus apenas 1,1 kg dio al traste con una larga y brillante teoría eugenésica.

  La Inglaterra Victoriana consideraba a la mujer como un ser al que no había que perturbar su quietud, con asuntos complicados como la política o la ciencia. Dejándola a cargo sólo de asuntos emocionales de menor interés. El estudio de la historia nos dice que la realidad es bien diferente, ya que la ciencia y las artes están plagadas de nombres de mujer que nunca han tenido el reconocimiento que merecen.

Como no puedo evitar mi pasión cinéfila os recomiendo visionar el documental de “Las sin sombrero”, acerca de las intelectuales que paseaban por los jardines del Retiro madrileño de los años veinte, tildadas de “mariconas” por osar a quitarse el sombrero, como acto de rebeldía. Tristemente la historia ha ocultado a grandes coetáneas de los artistas de la generación del 27. El exilio y la dictadura franquista sirvieron para que nombres como los de Rosa Chacel, Maruja Mallo, Concha Mendez o María Zambrano, que si no fuera por la estación de tren de Málaga poca gente conocería, pasaran al olvido. Por eso, no es de extrañar que medraran estas curiosas teorías.

  El propio Darwin, según él mismo describe antes de contraer matrimonio hizo una lista con los  pros y con los contras para analizar la conveniencia de esta institución. En los contras escribía cosas como “poder tener menos tiempo para mantener conversaciones inteligentes con los amigos”,  “tener menos dinero para comprar libros”. En los pros se puede leer cosas del tipo ” Tener una compañera con la que pasar la vejez”, etc…

 Pues si la epigenética cierra el siglo      XX, el XXI la abre la confirmación de la plasticidad del cerebro. Es decir la capacidad de cambiar tanto la estructura como la funcionalidad bajo un estímulo externo, para que esto suceda necesitamos un estímulo constante o aprendizaje. Si ya tenemos claro la capacidad de poder alterar el regalo de los genes de nuestros padres, ahora sabemos que también podemos cambiar nuestro cerebro. Pero no solo con nuestro esfuerzo intelectual incrementando en número de conexiones sino que células gliales que hasta entonces se creían de relativo interés son capaces de generar nuevas neuronas reemplazando la pérdida sistemática a la que parecía que irremediablemente estábamos abocados.

  En “ El libro de la buena suerte”, escrito por Fernando Trias de Bes y Alex Rovira, creo que lleva más de veinte ediciones, queda muy claro que para que algo suceda lo único que tienes que hacer es generar alrededor de lo que quieres conseguir, todo lo que puede que ayude a germinar lo que deseas. En el caso del libro, para quien todavía no lo conozca, la búsqueda de dos caballeros de un trébol de cuatro hojas. Lo más sorprendente del libro es que al convocar el mago Merlín a todos los caballeros del reino y ante la perspectiva de que todos saben que en el bosque donde tienen que buscar no crecen dichos tréboles, solo dos caballeros inician su búsqueda. Sólo dos son los que intentan conseguir lo que los demás consideran imposible.

 Pues dale a tu cerebro la misma oportunidad. Atrévete a soñar de que eres capaz, de alcanzar tus tréboles, pese más o menos tu cerebro. Este libro es para valientes que se atreven a seguir sus intuiciones. Armados de epigenética y neurociencia nos introduciremos en el bosque del neuromarketing. Muchos de los conocimientos ancestrales, de las creencias tradicionales del marketing, gracias al neuromarketing, sabemos hoy que son ciertas. A través de las distintas técnicas de medición sabemos que otras desechadas, como las imágenes subliminales por ejemplo, son muy valiosas. Prepárate si te atreves a cambiar. Nunca deseches lo que ya sabías. Da igual que creas que la copa de vino está medio vacía o medio llena, manifiestamente cabe más vino. Llena tus alforjas con los nuevos conocimientos que nos aporta la ciencia.

 Nos espera un camino apasionante, donde aprenderemos a entrenar a nuestro cerebro para que interprete correctamente las intuiciones que nos regala. Gracias a la ciencia mejoraremos nuestras herramientas de trabajo tradicionales y aprenderemos otras nuevas. Podremos incrementar nuestras potencialidades para llegar a lugares que creíamos inaccesibles para nosotros. “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. ¿ Recuerdas quién lo decía?.

 Dice una antigua leyenda India, que hubo un tiempo en el que todos los seres que habitaban la tierra eran dioses. Pero el hombre, que a la sazón poseía todos los atributos de la deidad, no hacía más que mal uso de toda esta sabiduría y poder.

  Entonces Brahma, el dios supremo, reunió a todos los dioses menores para esconder todos estos atributos, que tanto habían corrompido al hombre, a la espera de nuevos tiempos en los que hicieran buen uso de ellos. Cuando planteó a dichos dioses “¿Dónde encontrar un lugar en el que albergar la divinidad para que el hombre no la encuentre?”, no tuvieron unidad de criterio. Unos dijeron “en lo alto de la montaña más inaccesible del mundo” Pero Brahma contestó: “No, el hombre escalará la montaña más alta e inaccesible del mundo y la encontrará”. Otros dioses menores concluyeron: “En el abismo más profundo del océano, allí el hombre no la encontrará”. Tampoco, espetó Brahma, “El hombre aprenderá a sumergirse hasta la sima más profunda del océano y la encontrará”. “Esconderemos la divinidad del hombre en el pozo más profundo de la tierra y lo taparemos” propusieron otros dioses. “De nada servirá”, dijo Brahma, “El hombre cavará lo que sea necesario y acabará encontrando los secretos ocultos. Absolutamente desconcertados, todos los dioses miraron a Brahma, interpelando con su rostro cual sería el lugar idóneo. “Esconderemos los secretos de la divinidad”, contestó a los atribulados dioses, “en el interior del hombre, es el único lugar donde no se le ocurrirá mirar”.

 Todos tenemos en nuestro interior algo de divino. Todas las respuestas a nuestros dilemas habitan, desde tiempos ancestrales, en nuestro interior. No olvidemos que el hombre hizo a dios a su imagen y semejanza.

Todas las respuestas que necesitamos para cambiar, para mejorar las tenemos en nuestro interior. Lo único que necesitamos es aprender a escucharnos adecuadamente. Los compromisos a los que nos sometemos cada fin de año son gran parte de esa sabiduría. Lo que sucede es que hábitos nocivos para nuestro cerebro llevan a generar filtros que lastran y deforman los mensajes que constantemente la parte no consciente de nuestro cerebro nos lanza. Todos sabemos lo que tenemos que hacer para mejorar nuestro estado físico y mental.

Te conviertes en lo que le haces a tu cerebro, si le conviertes en un adicto a la nicotina te la pedirá. Con tu consciente puedes generar hábitos sanos que conforman un cerebro sano. Aprender a escucharlo es parte de este libro, ya que aprenderemos a como configurar rutinas y hábitos sanos que permitan QUE LOS PROCESOS INCONSCIENTES de nuestro cerebro nos regalen nuevas ideas y proyectos.

Saber escuchar a nuestro cerebro es muy importante. Un cerebro construido en la positividad generará nuevos y reforzados caminos neuronales que reforzarán esa positividad. Muchas veces hemos escuchado a algún amigo o ser querido que está mal, que no se encuentra bien. Tampoco hay un motivo concreto o si lo hay, no es algo demasiado importante lo que le produce ese apesadumbramiento. El instalarse en estas ideas negativas, además de no servir para solventar el problema, no hace más que reforzar en nuestro cerebro caminos de negatividad. Un cerebro entrenado en “pasarlo mal” filtrará todo tipo de sucesos negativizándolos. Los cerebros tristes no nacen, en su gran mayoría, se hacen.

   La neurociencia ha sufrido un cambio muy importante en los últimos años. Si el siglo XX se puede considerar como el siglo de la genética y la epigenética, más adelante daré una explicación para quien desconozca este término, el siglo XXI está siendo sin duda, el de la neurociencia. La aplicación de métodos de reconocimiento a través de la imagen de los procesos neuronales está creando una auténtica revolución en el conocimiento del cerebro.

 Prometí explicar el término epigenética: La palabra fue acuñada por Conrad Hal Waddington en el año  1942 cuando interpretaba el estudio de las interacciones entre genes y ambiente que se producen en los organismos vivos. Conrad fue un brillante biólogo, genetista, filósofo y paleontólogo escocés, que vivió entre los años 1905 y 1975. Básicamente es la capacidad que tiene nuestro organismo para modificar con nuestros hábitos y comportamiento la carga genética que somos capaces de transmitir. Hasta hace un par de décadas la transmisión genética era casi mendeliana, una ciencia de probabilidades en la que en cierto modo aleatorio sales al mundo con unas capacidades determinadas. Era una especie de eugenesia moderna. No es así, en realidad si nos esforzamos en un campo determinado nuestros genes se modifican y no solo se comportaran como si hubieras heredado esa capacidad, sino que tendremos esa capacidad y podremos transmitirla a nuestros sucesores.

  Durante el siglo XX la ciencia se había instalado en la creencia de que nacemos con un número determinado de neuronas y que a lo largo de nuestra vida las vamos perdiendo a razón de 10.000 diarias, y que este proceso es irreversible. Son del tipo de creencias que anidan en una sociedad que parece indemne a los avances realizados por anónimos y esforzados científicos. Aseguro que no hace mucho un amigo en una tertulia defendía con toda la vehemencia de la que era posible, que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro.

Toda esta controversia se producía  al comentar la olvidable “LUCY”, película perpetrada por el director y productor francés Luc Besson. Esa es la premisa  con la que el realizador nos regala una historia en la que una inocente muchacha, Scarlet Johansson en un papel meramente alimenticio, ve incrementadas sus facultades cerebrales hasta alcanzar el 100% de su uso. Sería cuestionable si de lo que hablamos es de cómo sacarle partido a nuestro cerebro, pero en cuanto al aspecto funcional, este está siempre a su ciento por ciento.

 El funcionamiento  de nuestro cerebro no es discreto y perfectamente localizable en cada una de sus funciones. Se parece más a una holografía, donde diversas partes comparten sus procedimiento. Podría asemejarse a un ordenador pendiente de refragmentar su disco duro, ya que si una zona es dañada es más que probable que otra regenerará sus caminos neuronales para suplir esa función. No es objetivo de este libro analizar con profusión estos procesos, pero si que se hace imprescindible entender, cuanto menos, el concepto de la complejidad y plasticidad con la que está dotado nuestro cerebro.

 Posteriormente los estudiosos del tema se dieron cuenta que es más importante el número de conexiones entre ellas, axones, que la cantidad. Pero mayor número de neuronas, supuestamente, mayor inteligencia.

Theodor Ludwig Wilhelm Bischoff  nacido el 28 de octubre de 1807 fue un biólogo y anatomista alemán. Vio la primera luz en Hanover (Alemania), sus estudios  se centraron en la embriología. Fue profesor de anatomía en la Universidad de Heidelberg. En 1868 fue nombrado miembro de la Royal Society, la sociedad científica más prestigiosa y decana del Reino Unido.

  Mantenía, la dudosa hipótesis,  que dado que el cerebro de la mujer pesaba menos que el del hombre, justificaría que fuera un ser inferior en la escala evolutiva del ser humano.  Esta afirmación estaba basada en la experiencia acumulada coleccionando y midiendo una amplia muestra de cerebros masculinos y femeninos, que atesoraba en el museo de la universidad en la que ejercía su docencia. La conclusión era que el cerebro del hombre pesaba un promedio de 1,25  kg y el de la mujer 1,15 kg. Esa pequeña diferencia, que parece ser bastante aproximada a la realidad, era suficiente para avalar dicha superioridad.

Lo divertido es, que el mismo, al morir, donó su cerebro para incrementar su colección. A su muerte, en 1882, se comprobó que su privilegiado cerebro pesaba algo menos de la media que el cerebro de las denostadas mujeres. Unos 150 gramos menos que los 1,25 kg del hombre. Con sus apenas 1,1 kg dio al traste con una larga y brillante teoría eugenésica.

  La Inglaterra Victoriana consideraba a la mujer como un ser al que no había que perturbar su quietud, con asuntos complicados como la política o la ciencia. Dejándola a cargo sólo de asuntos emocionales de menor interés. El estudio de la historia nos dice que la realidad es bien diferente, ya que la ciencia y las artes están plagadas de nombres de mujer que nunca han tenido el reconocimiento que merecen.

Como no puedo evitar mi pasión cinéfila os recomiendo visionar el documental de “Las sin sombrero”, acerca de las intelectuales que paseaban por los jardines del Retiro madrileño de los años veinte, tildadas de “mariconas” por osar a quitarse el sombrero, como acto de rebeldía. Tristemente la historia ha ocultado a grandes coetáneas de los artistas de la generación del 27. El exilio y la dictadura franquista sirvieron para que nombres como los de Rosa Chacel, Maruja Mallo, Concha Mendez o María Zambrano, que si no fuera por la estación de tren de Málaga poca gente conocería, pasaran al olvido. Por eso, no es de extrañar que medraran estas curiosas teorías.

  El propio Darwin, según él mismo describe antes de contraer matrimonio hizo una lista con los  pros y con los contras para analizar la conveniencia de esta institución. En los contras escribía cosas como “poder tener menos tiempo para mantener conversaciones inteligentes con los amigos”,  “tener menos dinero para comprar libros”. En los pros se puede leer cosas del tipo ” Tener una compañera con la que pasar la vejez”, etc…

 Pues si la epigenética cierra el siglo      XX, el XXI la abre la confirmación de la plasticidad del cerebro. Es decir la capacidad de cambiar tanto la estructura como la funcionalidad bajo un estímulo externo, para que esto suceda necesitamos un estímulo constante o aprendizaje. Si ya tenemos claro la capacidad de poder alterar el regalo de los genes de nuestros padres, ahora sabemos que también podemos cambiar nuestro cerebro. Pero no solo con nuestro esfuerzo intelectual incrementando en número de conexiones sino que células gliales que hasta entonces se creían de relativo interés son capaces de generar nuevas neuronas reemplazando la pérdida sistemática a la que parecía que irremediablemente estábamos abocados.

  En “ El libro de la buena suerte”, escrito por Fernando Trias de Bes y Alex Rovira, creo que lleva más de veinte ediciones, queda muy claro que para que algo suceda lo único que tienes que hacer es generar alrededor de lo que quieres conseguir, todo lo que puede que ayude a germinar lo que deseas. En el caso del libro, para quien todavía no lo conozca, la búsqueda de dos caballeros de un trébol de cuatro hojas. Lo más sorprendente del libro es que al convocar el mago Merlín a todos los caballeros del reino y ante la perspectiva de que todos saben que en el bosque donde tienen que buscar no crecen dichos tréboles, solo dos caballeros inician su búsqueda. Sólo dos son los que intentan conseguir lo que los demás consideran imposible.

 Pues dale a tu cerebro la misma oportunidad. Atrévete a soñar de que eres capaz, de alcanzar tus tréboles, pese más o menos tu cerebro. Este libro es para valientes que se atreven a seguir sus intuiciones. Armados de epigenética y neurociencia nos introduciremos en el bosque del neuromarketing. Muchos de los conocimientos ancestrales, de las creencias tradicionales del marketing, gracias al neuromarketing, sabemos hoy que son ciertas. A través de las distintas técnicas de medición sabemos que otras desechadas, como las imágenes subliminales por ejemplo, son muy valiosas. Prepárate si te atreves a cambiar. Nunca deseches lo que ya sabías. Da igual que creas que la copa de vino está medio vacía o medio llena, manifiestamente cabe más vino. Llena tus alforjas con los nuevos conocimientos que nos aporta la ciencia.

 Nos espera un camino apasionante, donde aprenderemos a entrenar a nuestro cerebro para que interprete correctamente las intuiciones que nos regala. Gracias a la ciencia mejoraremos nuestras herramientas de trabajo tradicionales y aprenderemos otras nuevas. Podremos incrementar nuestras potencialidades para llegar a lugares que creíamos inaccesibles para nosotros. “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. ¿ Recuerdas quién lo decía?.

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